A mi madre y a mi nos encanta la ciencia ficción. A mi padre, no tanto. A su pesar (que creedme hizo manifiesto), el otro día vimos Arrival, nominada para 8 Oscars y una de mis nuevas películas favoritas. Cuenta la historia del primer contacto con una raza de alienígenas, a través de la experiencia de la lingüista encargada de traducir el lenguaje de los visitadores. Sin desvelar demasiado, gran parte del argumento gira entorno a la hipótesis de Sapir-Whorf. Según esta hipótesis, también conocida como determinismo lingüístico, el idioma que hablamos moldea nuestra forma de pensar y cosmovisión. El orden en el que estructuramos nuestras frases no solo afecta nuestro forma de interpretar el mundo, sino la manera en la que lo percibimos.

Desde pequeño me he criado entre dos idiomas, el inglés y el castellano. Cuándo se lo cuento a alguien, siempre hacen las mismas dos preguntas: “¿De dónde te sientes?” y “¿En qué idioma piensas?”. A día de hoy sigo sin poder responder ninguna de las dos. De lo que sí estoy convencido es que el conocer dos idiomas ha ampliado tanto mi visión del mundo como mis posibilidades de expresarme en él. Es frecuente que quiera transmitir un concepto o sentimiento que sólo existe o es más claro en uno de los dos idiomas. Cuando hablo con alguien y me topo con esa situación, siento que tengo que esforzarme el doble para poder traducirlo de forma que entienda lo que quiero expresar.

Una persona media tiene un léxico de entorno a 40.000 palabras, y un nivel de comprensión lectora que permite realizar inferencias o parafrasear de forma sencilla entre distintos textos (nivel 2 de la escala PIAAC). A lo largo de la carrera de Medicina, adquirimos de 5.000 a 20.000 palabras nuevas. Un símil que se usa mucho es que durante esos 6 años “aprendes a hablar el idioma de la Medicina”. La mayoría de los documentos y comunicación médica requieren una capacidad de comprensión y abstracción alta (niveles 3-5 de la PIAAC).

Esa capacidad de entender y emplear la información médica para tomar decisiones sobre tu propia salud se conoce como alfabetización sanitaria. Según datos de la Unión Europea, más de la mitad de nuestra población tiene una alfabetización sanitaria “problemática” o directamente inadecuada. Pocas veces, tanto por falta de tiempo como por desconocimiento, comprobamos dicha alfabetización o nos paramos a “traducir” nuestros informes. ¿Estamos dejando incomunicados a nuestros pacientes sin saberlo?

Me acuerdo de la primera charla del congreso MeDiMad del noviembre pasado, donde Victor Rodriguez, cofundador de la asociación Más que ideas, nos habló de cómo vivió los primeros momentos de su diagnóstico de cáncer. “No entendía nada de lo que ponía en el informe, tuve que recurrir a Google para poder entender lo que me pasaba”. Por lo que nos transmitió aquel día, me dio la impresión de que a Victor no sólo le resultó complicado términos que damos por sabidos como “estadiaje” o “estudio de extensión”, sino el nuevo mundo al que le habían arrojado. Sería el equivalente a que nos metiesen en un avión con rumbo desconocido, y al desembarcar, esperasen que entendiésemos el idioma, las costumbres y las reglas de nuestro nuevo hogar. Nuestra formación nos sesga no sólo en la forma de entender la enfermedad, sino en nuestra capacidad de valorar la comprensión de nuestros pacientes sobre su salud.

En muchos sentidos, la comunicación es el aspecto más esencial de la relación médico-paciente. En la mayoría de los modelos de competencias esenciales del médico, ocupa un puesto central. Sin embargo, seguimos mostrándonos reticentes a incorporarla a nuestros planes formativos al mismo nivel que la Anatomía o Cardiología. Las habilidades comunicativas tienen implicaciones directas en Medicina, que van desde la adherencia al tratamiento a la probabilidad de recibir una queja o reclamación. Un rol fundamental del médico es el de guiar de forma segura a nuestros pacientes a través de los entresijos del sistema sanitario. Sin una comunicación eficaz, no podemos actuar de garantes de los derechos y necesidades de nuestros pacientes.

Usar el mismo lenguaje no sólo es obligado para conseguir dicha comunicación eficaz: es una forma de empatía. Es poner las necesidades del paciente primero, ayudarle a comprender su narrativa y en el proceso, comprenderle nosotros a él. Entre “meralgia” y “no puedo más con este dolor” hay un mundo de matices y sentimientos. Tal y como nos advertían Sapir y Whorf, difícilmente entenderemos el sufrimiento y las noches en vela con “meralgia”, y difícilmente verá nuestro paciente la causa y tratamiento de su mal con “dolor”. Como (en mi caso, futuro) médicos, tenemos la obligación de ayudar a cerrar esa brecha. No usemos el lenguaje para escondernos o engrandecernos, sino para acercarnos a quienes nos necesitan.

¿Has tenido alguna situación en la que sentías que estabas “lost in translation” con alguno de tus pacientes? ¿Qué técnicas o habilidades sueles usar para salvar la brecha de la jerga médica? Deja tu comentario:

Un agradecimiento especial a Blanca Mayor Serrano, que me ayudó a encontrar las referencias concretas sobre el tamaño del léxico médico y medio en castellano. ¡Gracias Blanca!

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Lost in translation: lenguaje y Medicina

Un pensamiento en “Lost in translation: lenguaje y Medicina

  • 16 Marzo, 2017 a las 12:36 am
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    Lo mas grave es cuando NO te das cuenta de que no te han entendido..es el paciente que toma la receta, agacha la cabeza y abre la puerta…y se va
    Un caso en que comprendi tardiamente lo que pasaba se dio con una madre que rehusaba vehementemente, agresivamente la indicacion de colocar una sonda nasogastrica a su bebe portador de una estenosis pilorica….la palabra sonda la referia a una triste experiencia con su padre que habia padecido complicaciones despues de una crtugia urologica…
    El otro problema se da a la inversa cuando lo que dice el paciente NO es lo que nosotros creemos que es…el idioma y la mitologia medica de cada clase social, de cada familia

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