Young sweet doctor holds the old woman hands

Almudena era una de las diez pacientes que teníamos ingresados a nuestro cargo en el servicio. Y estando en mi primera semana de rotación de verano, Almudena era una fila más en una hoja garabateada de constantes y ordenes pendientes, entre las que todavía no me terminaba de ubicar del todo. Lo poco que tenía claro es que había ingresado a nuestro cargo por una infección de orina en el contexto de su patología de base, presentando mal control glucémico durante su ingreso. Tras una estancia relativamente corta, la infección estaba controlada y era hora de decirle a Almudena que se podía ir a casa.

Al entrar a su cuarto, nos la encontramos acompañada de su hermana Blanca, una señora de mirada amable y cabello canoso meticulosamente recogido, que nos recibió con un aire sereno pero con cierto recelo. Les comentamos nuestra intención de que su hermana pudiese irse a casa ese mismo día, y mencionamos de pasada en qué consistiría su tratamiento. Blanca estaba visiblemente nerviosa por el alta inesperada, aunque la notaba reticente a afirmalo delante de nosotros. Sus miradas esquivas la delataron. No dije nada.

Al volver al despacho, la residente me comentó que le ibamos a dar el alta con una pauta de insulina, y me ofreció bajar a ver cómo le enseñaban a inyectarse. Vi la oportunidad perfecta para escaparme de la monotonía que es el pase de planta diario. Me encantan la Medicina y las especialidades médicas, pero el glamour de escribir evolutivos y cambiar unidosis se desvanece muy rápido. Así que dejé mis notas en el despacho, y acompañe a las dos hermanas y al celador a la consulta de endocrinología.

Mientras esperábamos al ascensor, noté que Blanca no paraba de mirar al suelo con cara de visible preocupación. Cuando le pregunté por ello me comentó que “en Francia se hacian las cosas de otro modo”. Estaba preocupada. Las enfermeras le habían comentado las cifras tan altas de glucosa que había tenido su hermana, y no se esperaba que estuviera lista para irse hoy. Era viernes, no sabía si encontrarían un centro de salud cerca de su casa donde recojer las agujas. Almudena se había estado controlando su diabetes con pastillas hasta el momento, y no terminaban de asimilar que, a partir de ahora, tendría que pincharse cuatro veces al día. Nadie les había informado hasta hoy, y no asumía que ahora tendría la responsabilidad de aprender a tratar a su hermana el mismo día que le dábamos de alta.

Llegamos a la consulta de endocrinología, y tras una breve espera durante la que el celador nos enumeró sus bandas de heavy metal preferidas (uno de los pequeños momentos especiales con los que te sorprende el hospital), era nuestro turno. Entramos en una consulta pequeña, con una mesa en la que estaban desplegadas multitud de agujas, plumas y medidores de glucosa. Al otro lado estaba sentada una de esas personas que, con sólo mirarla, te transmite la sensación de saber lo que hace. La enfermera se presentó, nos explicó su plan y nos sentamos a escuchar su clase magistral. Terminó la lección y llegó la hora del temido “exámen”.

Empezó con Almudena. Ella lo intentaba lo mejor que podía, postrada en su silla de ruedas y con la vía todavía colgando de su brazo, pero su edad y las secuelas del ingreso hacían que sus manos temblasen y su mente vacilase. Viendo la situación, la enfermera desvío su atención hacia Blanca. Pero a pesar de sus explicaciones expertas, ella no era capaz de atinar con la pluma. Eran muchos pasos, se le olvidaba seleccionar el número de unidades, comprobar la permeabilidad de la aguja, y todo estaba pasando tan rápido…

Empecé a pensar en lo que debía de estar sintiendo Blanca en esos momentos. Confusión, miedo, impotencia, ansiedad… puede que incluso rabia. “Lo que es rutinario para el médico no lo es para el paciente”, pensaba yo desde mi cómoda posición de observador sentado al borde de la mesa. En un momento dado, la enfermera, viendo la futilidad de sus lecciones, me sacó de mis contemplaciones con un: “No te tomes lo que te voy a decir como algo personal, pero…”. Lo que siguió fue una bronca (transmitida de muy buenas formas y profesionalmente) sobre cómo las cosas hay que avisarlas con antelación, que terminó con un “Así que diles porfavor a tus compañeros, que cuando vosotros mandeis las interconsultas, hacerlo por lo menos el día antes de dar el alta

Comprendí, en ese instante, que el responsable era yo. No el responsable de transmitir un mensaje, sino el responsable de la salud de Almudena y de los pacientes que vendrían después de ella. Dependía de mí asegurar que tendrían los recursos que necesitaban para cuidarse.  Y que si les mandábamos a casa y reingresaban en coma hiperosmolar por no saber pincharse la insulina, la responsabilidad sería, por lo menos en parte, mía. La Medicina es un trabajo en equipo, donde todos compartimos la responsabilidad del bienestar de la persona a la que tratamos. Y es muy facil evadir esa responsabilidad con una mueca y un “ese no es mi trabajo”. Siempre habrá alguien a quien cargarle el muerto. A veces, literalmente.

Puede sonar exagerado, pero muy pronto ya no seré sólo un estudiante que rota dos semanas en un servicio para luego desaparecer. Los pacientes no serán hojas de un cuaderno de prácticas que cogen polvo en el cajón del catedrático, sino personas que colocarán su vida en mis manos. Cuando me pregunten una duda, por lo menos al principio, seguramente seguiré respondiendo “no lo se”. Pero ya no lo acompañaré de un “pregunten mejor al médico”, sino de un “espere que se lo busco”. Cuanto antes entendamos lo que significa la responsabilidad que tenemos de garantizar los recursos y defender la salud de nuestros pacientes, antes alcanzaremos nuestro verdadero potencial como médicos.

Así que subí al despacho, transmití el mensaje a los médicos, revisé su informe de alta, comprobé por última vez la pauta de insulina, y una vez que sentía que estaba todo en órden, volví a la habitación de Almudena. Charlamos un rato, solté las típicas frases de cortesía sobre ojalá no volver a verla por el Hospital. Y por último, le estreché la mano y me despedí con el “ha sido un placer conocerlas” más sincero que he pronunciado en mucho tiempo.

Se han cambiado los nombres y datos médicos para preservar la confidencialidad

Cuando ya no sea sólo un estudiante

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